La humanidad del siglo XX se postra ante el altar de la tecnología a tan alto grado que me pregunto quién controla a quién. La tecnología ha penetrado tanto en nuestra cultura, que el «progreso» se ha convertido en sinónimo de «progreso tecnológico». Lamentablemente, su impacto en la ecología y la sociedad no tiene nada de progresista. A lo largo de la industrialización de la sociedad, la creencia de que los adelantos tecnológicos son buenos ha sido tan persistente, que se ha hecho poco esfuerzo por reglamentarlos.Creo que es imperativo prestar mucha más atención a la tecnología: a dónde va y cuál es la relación que queremos tener con ella. Cada adelanto trae consigo ciertas desventajas y pérdidas. En la medicina, la tecnología ha transformado la humildad de principios del siglo XX en la arrogancia de nuestros días. Al igual que las termitas reinas, que producen tantos bebés que son incapaces de hacer otra cosa, ni siquiera caminar, me temo que en la actualidad estamos produciendo muchos médicos que, de un modo similar, conocen la medicina solamente a través de la tecnología. Sin sus instrumentos y máquinas, muchos médicos se sienten desprovistos e incapaces de practicar. Pero el solaz, la empatía y la reafirmación, tan importantes para la práctica médica, no requieren ninguna tecnología.
Cuando veo de manera aislada los adelantos en la tecnología médica, sin pensar en su efecto, me quedo como un niño asombrado. Los aparatos de diagnóstico, como los que sirven para hacer tomografías y escaneos de resonancia magnética, son sorprendentes, como de ciencia ficción. A un nivel más simple, también me causan asombro las máquinas de seguimiento de los signos vitales del paciente, que administran fluidos y tratamientos medicamentosos. Son milagros de la medicina. Una vez, después de participar en una conferencia de obstetricia y ginecología sobre los avances recientes en laparoscopia, supe que gran parte de las intervenciones quirúrgicas en el futuro se ejecutarán a través de un dispositivo de ese tipo. En un descanso, di una vuelta por el área de exposición, fascinado por los aparatos. Más tarde, hablé en una conferencia de rehabilitación y vi lo último en extremidades artificiales. Tomé un brazo sintético muy ligero que costaba treinta mil dólares o más, en dependencia de la selección de opciones. ¿Por qué costará tanto? me preguntaba. ¿Cuán caro tiene que llegar a ser antes de que los pacientes digan que cuesta mucho?
La paradoja en la medicina es que no importa lo costoso que sea un tratamiento o una técnica, pocos dirán que no vale ese precio, si puede comprarse. ¿Cuánto vale la posibilidad de salvar la vista o la vida? Pero es que no la vista ni la vida son las verdaderas cuestiones… Se ha llegado a un punto en que la sociedad dice que queremos y tenemos la obligación de atender a toda la población, aunque sabemos perfectamente que no contamos con los recursos suficientes para ello.
Los costos descontrolados estimulan la codicia, que parece haber infectado en forma abominable a las industrias médica y de defensa. Quizás la naturaleza de la financiación del gobierno a través de terceros elimine el componente personal que contribuye a la rendición de cuenta. En ambas industrias hay una percepción tan exagerada de la necesidad y los avences son tan impresionantes, que se acepta cualquier sacrificio financiero. Quienes defienden las otras grandes necesidades de nuestra sociedad, como la educación y el ordenamiento del medio ambiente, reciben una parte muy pequeña del pastel, pues sus productos no son tan tangibles ni lucrativos.
Mientas la medicina permanezca en el sector de los negocios, el costo de la tecnología irá aumentando mucho más de lo que debería, pues predomina la filosofía de que «el cielo es el límite».
Dudo que cualquier empresa se haya abstenido alguna vez de desarrollar un producto simplemente por considerarlo demasiado costoso para el consumidor que lo necesita. Y no importa cuán humanitaria sea la empresa, es poco probable que piense que el producto es lo suficientemente importante como para donarlo a la sociedad.
Desde el punto de vista del mercadeo, la meta es vender la mayor cantidad de aparatos, sin importar cuántos se necesitan en realidad. Tan pronto como una máquina es comprada, lo más probable es que se vuelva obsoleta, pues la siguiente generación de máquinas nuevas y mejores ya está saliendo de la línea de embalaje.
Entretanto, los médicos residentes y los estudiantes reciben adiestramiento en grandes y prósperos centros médicos con los últimos dispositivos y, a menudo, los médicos jóvenes son reacios a trabajar en hospitales que no disponen de ellos. Esta es una verdad aun más contundente en el caso de los médicos residentes extranjeros que, una vez que terminan su formación, deciden quedarse en Occidente antes que regresar a sus países de origen, más primitivos desde el punto de vista tecnológico. En algunos casos, los médicos no saben ejercer sin estas máquinas. Otro mal relacionado con esto es que la mayoría de las grandes ciudades tienen muchos más de estos costosos aparatos que los que necesitan, en parte como forma de atraer a médicos y pacientes. El resultado de ello es que muchos de estos dispositivos se usan excesivamente para justificar su presencia. A nivel del paciente, el ciclo es alimentado además por la demanda constante del «mejor» tratamiento, lo que se equipara con la tecnología más avanzada. Esta forma de pensar ha frenado el avance de otras terapias que ofrecen un concepto distinto de lo que es «mejor».
Este es un extracto del libro del Dr. Patch Adams «¡Gesundheit!». Nos hace conscientes de adónde se está dirigiendo el valor de los cuidados humanos. En resumen, hacia una mercantililzación del servicio, como casi todo…
Imprescindible su lectura, sobre todo, para recuperar la confianza en que el ser humano, pueda dar la vuelta aún, a ser (realmente) humano…